Sólo basta traspasar la barrera de los 37º y a mi lado se recuesta Kafka silencioso y severo, la vidriera del techo parece derretirse, la casa entera se invade de olor a leña y una radio recién descubierta me recuerda que la lucha no ha terminado y que estamos todos conformes, quietos e indolentes, como si la alegría que llegó hace casi 20 años hubiera sido el fin de la historia.
